
entrevista inédita con Vilma Espín Guillois
"...la vida, si me la pides"
Nirma Acosta • La Habana
Fotos: Archivo de la revista Bohemia
Era el año 1952. La Universidad de Oriente vivía el
ajetreo de costumbre. El aula de cuarto año de Ingeniería
recibía clases de Mecánica. De un golpe la puerta
se abrió y apareció un bedel ansioso por contar cuanto
sabía. La noticia irrumpió las calles y las casas
de todo el país. La radio ya estaba informando: “Batista
tomó el poder”. Ella quedó atónita de
rabia y sintió una chispa encendérsele dentro. El
profesor de turno tenía un hermano con aspiraciones a un
puesto en las elecciones de 1952 y en respuesta al comentario del
hombre, dio un puñetazo en la mesa y aseguró: “Aquí
no queda otro camino: alzarse”. Entonces, era solo Vilma,
tenía 21 años y estaba entre las pocas muchachas que
en aquella época optaban por una carrera casi privativa de
hombres: la Ingeniería Química Industrial. Delgada,
de elegantes maneras; suave y tierna, pero con una firmeza y madurez
que le distinguían. Recuerda que a pesar de la arenga oportunista
del académico, no cabía duda de que había llegado
el momento. ¿Cómo decírselo a los padres? ¿Por
dónde empezar?
“Nos quedamos en la Universidad que se mantuvo todo el día
rodeada por los soldados. No podíamos hacer mucho, pero era
la forma de oponernos al golpe militar del 10 de marzo. Recuerdo
que utilizamos un poema de Heredia que decía: Que si un pueblo
su dura cadena/ No se atreve a romper con sus manos/ Bien le es
fácil mudar de tiranos/ Pero nunca ser libre podrá.
Hasta pusimos un tocadiscos con la grabación del poema de
Guillén: no sé por qué piensas tú, soldado
que te odio yo. Luego salimos a las calles a repartir volantes.
Fueron detenidas algunas compañeras, pero gracias a la intervención
de uno de los profesores se evitaron males peores.”
Raúl y Vilma contraen matrimonio en Santiago de Cuba,
el 26 de enero de 1959
La familia Espín Guillois con el respeto de costumbre se
reunía en el comedor. Había complicidad en aquel mutismo
de tarde, pero la palabra les martillaba en su interior: “¡Alzarse!,
¡Alzarse!” Ella rompió el cerco que les tendía
el silencio:
–Papá, mi hermana y yo estamos decididas. Ustedes
siempre nos han enseñado a hacer lo que debemos. A partir
de hoy, no se preocupen por nosotras y no nos pregunten a dónde
vamos ni a qué hora venimos. Queremos cumplir con lo que
nos toca.
Entonces, se esfumaron los ruidos, se detuvieron los cubiertos,
los rostros quedaron impávidos… las chicas se habían
atrevido, y nadie podía impedírselo. Habían
preferido una educación materialista y aceptaron con beneplácito
a aquel maestro de Historia de Cuba, hijo de un ayudante de Maceo.
Sin relegar que en el árbol genealógico de la familia
se yergue Paul Lafargue, el yerno de Carlos Marx, fundador del Partido
Socialista Francés.
“Poco tiempo después del golpe de estado nos afiliamos
al Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) de García Bárcena.
En esa organización había distintas tendencias, así
que no podía ser algo definitorio, pero tuvo el mérito
de aunar a los jóvenes que más tarde integraríamos
el movimiento revolucionario en Santiago de Cuba. Frank País
era su jefe de acción. El MNR duró hasta que fueron
detenidas sus principales figuras.
“En aquella época a mi papá no le gustaba que
en casa se hablara de política porque todo era muy sucio
y corrupto —decía—, pero simpatizaba con Chibás
y albergaba cierta esperanza en la posibilidad de unas elecciones.
Creo que bastantes personas confiaban en lo mismo. Por eso, cuando
Batista da el golpe de estado la reacción de los cubanos
fue de repulsa contra aquella bajeza. Frank tenía 17 años
y ya estaba en la lucha, era dirigente de la Normal. Hicimos manifestaciones
cuando la muerte de Rubén Batista, tiramos volantes de protesta.
Íbamos al cine por las noches y regábamos papeles
con consignas.”
Raúl
firma el pliego matrimonial
Cualquiera hubiera imaginado otro destino de oropel para la joven
Vilma, pero cuando pudo elegir apostó por las dificultades
de la guerra. Cada vez que los sicarios dejaban a su paso algún
acto de masacre o barbarie ordenada por el gobierno, la respuesta
no se hacía esperar.
“Alguna vez pensé que el momento de luchar llegaría
inevitablemente, así que me fui preparando para eso. En sueños,
a veces, me veía en los combates; por eso no tuve tiempo
de sentir miedo. En Santiago, había mucho fervor contenido.
Entonces, vino el asalto al Cuartel Moncada.”
Eran como las cinco de la madrugada cuando en la vieja casona de
los Espín Guillois, la algarabía de las muchachas
levantaba sospechas… El padre les observaba con una gran interrogación
en los ojos, casi les interpelaba: ¿Qué significaban
aquellos tiros que se escuchaban desde tan temprano? ¿Qué
estaba pasando en el Moncada? La intuición y las ansias de
independencia las ayudaba a especular sobre lo que era ya una verdad:
“¡por fin! alguien se atrevió a darle duro a
Batista”. Claro que arremeter contra aquella mole llena de
guardias era demasiado osado hasta para los más ortodoxos
santiagueros que desde mucho antes ya habían abrazado, sin
recatos ni miedos, otras revoluciones.
“Recuerdo que fui corriendo para el cuarto de mis padres
y eufórica les repetía: ¡Qué bueno!,
¡Qué bueno!, están atacando el Moncada…
Ya por la tarde, supimos lo de la muerte de Renato Guitart; fue
triste, le avisaron al padre a la hora de trasladarlo hacia el Cementerio.
Recuerdo que mi hermana y un vecino se llegaron al Arzobispado que
quedaba justo frente al Saturnino Lora y desde la azotea vieron
los muertos tirados alrededor del hospital. Estaban golpeados, torturados…
En ese momento, no sabíamos quiénes eran; tampoco
conocíamos a Fidel; solo sabían de él los de
la Ortodoxia, la Universidad y algunos otros. El 27 de julio decidimos
aproximarnos hasta el cuartel para averiguar, nos acercamos hasta
una de las postas; nos dejaron pasar, pero muy pronto uno de ellos
sospechó y nos preguntó qué queríamos.
No nos callamos. Respondimos: conocer a los valientes que asaltaron
el cuartel. Ese día mataron a muchos jóvenes y el
pueblo sentía una gran indignación.”
Pero aquel era solo el inicio. No importaba si eran de una clase
u otra, si de Banes, Artemisa o Santiago, universitarios u obreros.
La lucha continuó en silencio. Los padres se preocupaban,
insistían en que tomaran todas las precauciones, que se cuidaran.
En su afán por protegerlas, quizá, le piden que marche
a cursar un postgrado en los EE.UU. Vilma se los había prometido,
así que partió, aunque no se alejó de los valores
que ellos mismos le habían inculcado. A su regreso, por indicación
del Movimiento, hace una escala en México donde conoce por
fin a Fidel y a Raúl.
“En el aeropuerto estaban Fidel, Raúl, Gustavo, Cándido
González y Chuchú Reyes. Cuando bajé del avión
pensé encontrar a unos guerrilleros con traje de campaña
y pelos largos tal vez, pero para mi sorpresa eran unos jóvenes
apuestos, bien vestidos que me dieron la bienvenida con una orquídea
y de inmediato me llevaron a uno de los barrios más elegantes
y caros del Distrito Federal, a casa de alguien importante que nos
estaba apoyando. Esa fue la primera vez que vi a Fidel.”
Celebrada
la ceremonia, Vilma Espín recibe el primer estrechón
de manos.
Viene del Dr. Juan Escalona, quien los unió legalmente
Regresa a Cuba con las indicaciones de Fidel para Frank País;
se alista en los preparativos del alzamiento de Santiago y continúa
en la lucha clandestina. Días antes de que fuera asesinado,
Frank la designa coordinadora del Movimiento 26 de Julio en Oriente.
Entonces, cambia el seudónimo de Mónica por uno que
empezara con D (los máximos dirigentes del movimiento llevaban
nombres con D); el anterior ya estaba fichado igual que Alicia como
también le llamaron.
La vida clandestina se tornaba complicada; era cada vez más
perseguida y Raúl decide que la agente Déborah se
quede en el Segundo Frente Frank País, en Mayarí Arriba;
ya estaba muy “quemada” en la ciudad y fue imprescindible
proteger su vida.
"Raúl dice que lo embrujé cantando"
En el Segundo Frente, la neblina era espesa desde el atardecer
hasta las nueve de la mañana del otro día; eso les
facilitaba moverse. Hasta los árboles y los bichos del monte
cooperaban. Cuando el jeep de los rebeldes se acercaba, los curujeyes
enviaban mensajes en las alas de las mariposas; ellas les acompañaban
hasta el final del camino en señal de buen augurio. El trino
de los pájaros interpretaba una de esas canciones que solo
se saben las avecillas de la Sierra. El sol tallaba los árboles.
Déborah tenía 28 y aún no conocía el
amor.
“A esa edad no había tenido novio; puede que los más
jóvenes no me crean, pero fue así. Era muy seeeria.
Mis compañeros me protegían mucho y con el tiempo
me convertí en la chaperona de algunos de ellos. Los mismos
que antes me cuidaban demasiado empezaron a sugerir que me apurara,
no fuera a ser que quedara soltera, pero siempre pensé que
eso no era cosa de apuro. Algunos decían que estaba esperando
a un príncipe azul montado en un caballo blanco”.
Y llegó, con su traje verdeolivo y un puñado de sueños
para compartir aquella guerra y todo lo que vino después.
“Raúl dice que lo embrujé cantando. Yo interpretaba
viejas canciones cubanas que a él le gustaban mucho. Recuerdo
que prefería aquella que dice: ‘dame un beso y olvida
que me has besado; yo te ofrezco la vida si me la pides; que si
llego a besarte como he soñado ha de ser imposible que tú
me olvides…’ A él le encantaba esa canción.”
En esta escena insistieron mucho los fotógrafos:“Repítela
Raúl, repítela”; los reporteros gráficos
le decían que no pudieron atraparlo inicialmente.
“Como yo nunca me había enamorado, no sabía
qué era estar enamorada. Además me preocupaba que
podía hacerle daño a Raúl, pues todos se daban
cuenta de lo que él sentía, pero yo no estaba segura.
Aunque era jaranero, conmigo siempre fue muy correcto, y serio.
Mi mamá estuvo una vez con nosotros en el campamento y me
preguntaba si no había alguien… Ella estaba loca porque
yo me casara, para tener nietos pronto, pero no me decidía.
Además, pensé: ¿bebés en medio de la
lucha? ¡Qué va!”
La incertidumbre no duró mucho tiempo; era la etapa final
de aquella cruzada. Déborah y Raúl seguían
compartiendo las tensiones de la guerra. No tenía sentido
esperar al triunfo. Todos se daban cuenta de la similitud de aquellas
almas, de la necesidad de trabajar, conversar, cantar y hasta reír
juntos. Todos menos ellos, hasta un día…
“Entró a mi cuarto, allá en la comandancia
del Segundo Frente, y recuerdo que conversamos sobre un cargamento
de armas y ropas que habíamos recibido. De pronto, recostó
su cabeza a mi hombro… yo, extrañada, indagué:
? ¿Qué pasa?
? Nosotros estamos enamorados, dijo.
? ¿Y tú cómo lo sabes?
? ¡Ah! Pero, ¿tú no lo sabes?
? Yo, no.

Se asoma la sonrisa en el rostro de Vilma Espín,
heroína del Segundo Frente Oriental Frank País
"Nos reímos; conversamos y desde entonces, comenzó
el noviazgo. La Revolución triunfó el primero de enero
de 1959 y el 26 de ese mismo mes y año nos casamos en el
Rancho Club de Santiago de Cuba; a los dos días nos mandaron
a buscar de La Habana.”
Pero ella siguió pensando en su querida ciudad, guardó
para siempre aquellos recuerdos de su casa de San Gerónimo
donde nadie se atrevía a faltar al almuerzo del domingo cuando
los Espín Guillois reunían a la familia. Cualquier
momento era bueno para conversar de todos los temas. Así
crió a sus hijos y enseñó a sus nietos. “Raúl
dice que son míos… y está bien, son míos,
y de él, pero son míos.”
No dejó de ser tierna e intrépida. Ella misma comentaba
sobre el placer que le producían el retorno a las viejas
canciones cubanas cada vez que el trabajo le daba un resquicio,
o los olores de la naturaleza, o disfrutar del verde de un jardín
o un huerto escolar. Prometió dejar para otro momento anécdotas
de aquellos tiempos en los que, a veces, jugarse la vida parecía
una fiesta; pero aquella muchacha de cabellera lacia, dulce y enérgica
como sus compañeros la recuerdan, se despidió esta
tarde de lunes 18 de junio en La Habana. Le acompañaron su
familia y el cariño de la gente común y corriente
de su pueblo. Le seguirán siendo fieles las batallas cotidianas,
los zunzunes de la montaña y el manto de florecillas rojas
del Segundo Frente; allí, donde se jugó la vida y
conoció el amor en plena lucha guerrillera, volverá
a reunirse con sus camaradas de entonces. Hasta el último
instante conservó para todos los que le conocieron el rostro
feliz y sereno como el mejor trofeo de una vida que también
le obsequió cuatro hijos y ocho nietos. Cuando miraba atrás,
agradecía el privilegio que le concedió este tiempo:
“A pesar de los que no están, de los momentos más
difíciles y de todo lo que nos queda aún por emprender,
me siento satisfecha”.
* Los testimonios son parte de una entrevista inédita con
Vilma Espín Guillois.
Tomado del sitio www.LaJiribilla.cu
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