Fidel
Castro: La Revolución
Bolivariana y las Antillas
Palma Soriano, 8 feb 010.- El líder de la Revolución
cubana, Fidel Castro, destaca lo que Venezuela ha hecho
con los países del Caribe y en especial con la
ayuda a Haití, al no vacilar en condonarle la
deuda deuda económica, de 167 millones de dólares,
mientras que en Montreal las grandes instituciones financieras
vacilan sobre qué hacer con esa región
golpeada por el sismo del pasado 12 de enero.
A continuación el texto íntegro:
La Revolución Bolivariana y las Antillas
(Tomado de CubaDebate)
Me gustaba la historia como a casi todos los muchachos.
También las guerras, una cultura que la sociedad
sembraba en los niños del sexo masculino. Todos
los juguetes que nos ofrecían eran armas.
En mi época de niño me enviaron para
una ciudad donde nunca me llevaron al cine. Entonces
no existía la televisión y en la casa
donde vivía no había radio. Tenía
que usar la imaginación.
En el primer colegio adonde me llevaron interno, leía
con asombro sobre el Diluvio Universal y el Arca de
Noé. Más tarde consideré que era
quizás un vestigio que la humanidad guardaba
del último cambio climático en la historia
de nuestra especie. Fue, posiblemente, el final del
último período glacial, que se supone
tuvo lugar hace muchos miles de años.
Como es de suponer, más tarde leí con
avidez las historias de Alejandro, César, Aníbal,
Bonaparte y, por supuesto, todo cuanto libro caía
en mis manos sobre Maceo, Gómez, Agramonte y
demás grandes soldados que lucharon por nuestra
independencia. No poseía cultura suficiente para
comprender lo que había detrás de la historia.
Más adelante centré mi interés
en Martí. A él le debo en realidad mis
sentimientos patrióticos y el concepto profundo
de que "Patria es humanidad". La audacia,
la belleza, el valor y la ética de su pensamiento
me ayudaron a convertirme en lo que creo que soy: un
revolucionario. Sin ser martiano, no se puede ser bolivariano;
sin ser martiano y bolivariano, no se puede ser marxista,
y sin ser martiano, bolivariano y marxista, no se puede
ser antiimperialista; sin ser las tres cosas no se podía
concebir en nuestra época una Revolución
en Cuba.
Hace casi dos siglos, Bolívar quiso enviar una
expedición al mando de Sucre para liberar a Cuba,
que mucho lo necesitaba, en la década de 1820,
como colonia azucarera y cafetalera española,
con 300 mil esclavos trabajando para sus propietarios
blancos.
Frustrada la independencia y convertida en neocolonia,
no se podía en Cuba alcanzar jamás la
dignidad plena del hombre, sin una revolución
que pusiera fin a la explotación del hombre por
el hombre.
"...yo quiero que la ley primera de nuestra república
sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del
hombre."
Martí, con su pensamiento, inspiró el
valor y la convicción que llevó a nuestro
Movimiento al asalto de la fortaleza del Moncada, lo
que jamás habría pasado por nuestras mentes
sin las ideas de otros grandes pensadores como Marx
y Lenin, que nos hicieron ver y comprender las realidades
tan distintas de la nueva era que estábamos viviendo.
Durante siglos, en nombre del progreso y el desarrollo,
se justificó en Cuba la odiosa propiedad latifundista
y la fuerza de trabajo esclava, que había sido
precedida por el exterminio de los antiguos habitantes
de estas islas.
De Bolívar, Martí dijo algo maravilloso
y digno de su gloriosa vida:
"...lo que él no dejó hecho, sin
hacer está hasta hoy: porque Bolívar tiene
que hacer en América todavía."
"Déme Venezuela en qué servirla:
ella tiene en mí un hijo."
En Venezuela, como en las Antillas hicieron otras,
la potencia colonial sembró caña, café,
cacao, y llevó también como esclavos a
hombres y mujeres de África. La resistencia heroica
de sus indígenas, apoyándose en la naturaleza
y extensión del suelo venezolano, impidió
el aniquilamiento de los habitantes originales.
Con excepción de una parte al Norte del hemisferio,
el inmenso territorio de Nuestra América quedó
en manos de dos reyes de la Península Ibérica.
Sin temor puede afirmarse que, durante siglos, nuestros
países y los frutos del trabajo de sus pueblos
han sido saqueados, y continúan siéndolo
por las grandes empresas transnacionales y las oligarquías
que están a su servicio.
A lo largo de los siglos XIX y XX, es decir, durante
casi 200 años después de la independencia
formal de la América Ibérica, nada cambió
en esencia. Estados Unidos, a partir de las 13 colonias
inglesas que se rebelaron, se expandió hacia
el Oeste y el Sur. Compró Luisiana y Florida,
le arrebató más de la mitad de su territorio
a México, intervino en Centroamérica y
se apoderó del área del futuro Canal de
Panamá, que uniría los grandes océanos
al Este y el Oeste del continente por el punto donde
Bolívar deseaba crear la capital de la mayor
de las repúblicas que nacería de la independencia
de las naciones de América.
En aquella época, el petróleo y el etanol
no se comercializaban en el mundo, ni existía
OMC. La caña, el algodón y el maíz
eran cultivados por esclavos. Las máquinas estaban
por inventarse. Avanzaba con fuerza la industrialización
a partir del carbón.
Las guerras impulsaron la civilización, y la
civilización impulsó las guerras. Estas
cambiaron de carácter, y se hicieron más
terribles. Finalmente se convirtieron en conflictos
mundiales.
Por fin éramos un mundo civilizado. Incluso,
lo creemos como cuestión de principios.
Pero no sabemos qué hacer con la civilización
alcanzada. El ser humano se ha equipado con armas nucleares
de inconcebible certeza y aniquiladora potencia, mientras
desde el punto de vista moral y político, ha
retrocedido bochornosamente. Política y socialmente,
estamos más subdesarrollados que nunca. Los autómatas
están sustituyendo a los soldados, los medios
masivos a los educadores, y los gobiernos empiezan a
ser sobrepasados por los acontecimientos sin saber qué
hacer. En la desesperación de muchos líderes
políticos internacionales se aprecia la impotencia
ante los problemas que se acumulan en sus despachos
de trabajo y las reuniones internacionales cada vez
más frecuentes.
En esas circunstancias, tiene lugar en Haití
una catástrofe sin precedentes, mientras en el
lado opuesto del planeta continúan desarrollándose
tres guerras y una carrera armamentista, en medio de
la crisis económica y conflictos crecientes,
que consume más del 2,5% del PIB mundial, una
cifra con la que podrían desarrollarse en poco
tiempo todos los países del Tercer Mundo y tal
vez evitar el cambio climático, consagrando los
recursos económicos y científicos que
son imprescindibles para ese objetivo.
La credibilidad de la comunidad mundial acaba de recibir
un duro golpe en Copenhague, y nuestra especie no está
mostrando su capacidad para sobrevivir.
La tragedia de Haití me permite exponer este
punto de vista a partir de lo que Venezuela ha hecho
con los países del Caribe. Mientras en Montreal
las grandes instituciones financieras vacilan sobre
qué hacer en Haití, Venezuela no vacila
un minuto en condonarle la deuda económica, de
167 millones de dólares.
Durante casi un siglo las mayores transnacionales extrajeron
y exportaron el petróleo venezolano a ínfimos
precios. Venezuela se constituyó durante decenios
en el mayor exportador mundial de petróleo.
Es conocido que cuando Estados Unidos gastó
cientos de miles de millones de dólares en su
guerra genocida de Vietnam, matando e invalidando millones
de hijos de ese heroico pueblo, también rompió
unilateralmente el acuerdo de Bretton Woods suspendiendo
la conversión en oro del dólar, como estipulaba
el acuerdo, y lanzando sobre la economía mundial
el costo de esa sucia guerra. La moneda norteamericana
se devaluó y el ingreso en divisas de los países
caribeños no alcanzaba para pagar el petróleo.
Sus economías se basan en el turismo y las exportaciones
de azúcar, café, cacao y otros productos
agrícolas. Un golpe anonadante amenazaba las
economías de los Estados del Caribe, con excepción
de dos de ellos exportadores de energía.
Otros países desarrollados eliminaron las preferencias
arancelarias a exportaciones agrícolas caribeñas,
como el banano; Venezuela tuvo un gesto sin precedentes:
le garantizó a la mayoría de esos países
suministros seguros de petróleo y facilidades
especiales de pago.
Nadie se preocupó, en cambio, por el destino
de esos pueblos. De no haber sido por la República
Bolivariana una terrible crisis habría golpeado
a los Estados independientes del Caribe, con excepción
de Trinidad-Tobago y Barbados. En el caso de Cuba, después
que la URSS colapsó, el Gobierno Bolivariano
impulsó un crecimiento extraordinario del comercio
entre ambos países, que incluía el intercambio
de bienes y servicios, que nos permitió enfrentar
uno de los períodos más duros de nuestra
gloriosa historia revolucionaria.
El mejor aliado de Estados Unidos, y a la vez el más
bajo y vil enemigo del pueblo, fue el farsante y simulador
Rómulo Betancourt, Presidente electo de Venezuela
cuando triunfó la Revolución en Cuba en
1959.
Fue el principal cómplice de los ataques piratas,
los actos terroristas, las agresiones y el bloqueo económico
a nuestra patria.
Cuando más lo necesitaba nuestra América,
estalló finalmente la Revolución Bolivariana.
Invitados a Caracas por Hugo Chávez, los miembros
del ALBA se comprometieron a prestar el máximo
apoyo al pueblo haitiano en el momento más triste
de la historia de ese legendario pueblo que llevó
a cabo la primera Revolución social victoriosa
en la historia del mundo, cuando cientos de miles de
africanos al sublevarse y crear en Haití una
República a miles de millas de sus tierras natales,
llevaron a cabo una de las más gloriosas acciones
revolucionarias de este hemisferio. En Haití
hay sangre negra, india y blanca; la República
nació de los conceptos de equidad, justicia y
libertad para todos los seres humanos.
Hace 10 años, en instantes en que el Caribe
y Centroamérica perdieron decenas de miles de
vidas durante la tragedia del huracán Mitch,
se creó en Cuba la ELAM para formar médicos
latinoamericanos y caribeños que un día
salvarían millones de vidas, pero en especial
y por encima de todo, servirían como ejemplo
en el noble ejercicio de la profesión médica.
Junto a los cubanos estarán en Haití decenas
de jóvenes venezolanos y otros latinoamericanos
graduados en la ELAM. De todos los rincones del continente
han llegado noticias de muchos compañeros que
estudiaron en la ELAM, que desean colaborar junto a
ellos en la noble tarea de salvar vidas de niños,
mujeres y hombres, jóvenes y ancianos.
Habrá decenas de hospitales de campaña,
centros de rehabilitación y hospitales, donde
prestarán servicios más de mil médicos
y estudiantes de los últimos años de la
carrera de Medicina, procedentes de Haití, Venezuela,
Santo Domingo, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, Brasil,
Chile y los demás países hermanos. Tenemos
el honor de contar ya con un número de médicos
norteamericanos que también estudiaron en la
ELAM. Estamos dispuestos a cooperar con aquellos países
e instituciones que deseen participar en estos esfuerzos
para prestar servicios médicos en Haití.
Venezuela aportó ya casas de campaña,
equipos médicos, medicamentos y alimentos. El
gobierno de Haití ha brindado toda su cooperación
y apoyo a este esfuerzo por llevar los servicios de
salud gratuitamente al mayor número posible de
haitianos. Será para todos un consuelo en medio
de la mayor tragedia que ha tenido lugar en nuestro
hemisferio.
Fidel Castro Ruz
Febrero 7 de 2010
8 y 46 p.m.
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