Por: David González Groos.
Palma Soriano.-Es domingo, cuatro de marzo de 2012. Cinco de la madrugada. Espero la guagua Yuton Santiago de Cuba-
Presento mi boletín, asiento 26. Subo entre empanadillas, frituras, bocaditos de mortadellas, se siente un pregón: ¨dos por cinco pesos¨. Otro vendedor vocifera, a diestra y siniestra sin dejarme pasar por el estrecho pasillo: ¨¡vaya, en moneda nacional pa que no lloren!¨, sí, porque así somos los cubanos.
¡Por fín! me siento en el lugar, asiento 26, repito, los cojines son suaves, entre el asiento de alante y detrás la distancia es estrecha, fue diseñado para un chino de unos 14 años de edad. Me introduzco en aquel espacio, penetro haciendo un gran esfuerzo y logro estar quieto, mullido pero no se dónde ahora acomodar mis canillas de casi seis pies. Opto por sacarlas del encierro y dejarlas a su libre albedrío por el pasillo.
Salimos, comienza
Son las 11 y 10, casi quince horas de viaje. Salgo para la calle, Avenida lluviosa bajo frente frío, ausencia de las guaguas P-12 o la ruta 85. Camino, voy hasta la parada, nadie sabe quién fue el último, ni cuándo falleció el primero. Son las 12 y 30 de la madrugada: agua, frío, viento, ganas de hacer pipi o mixionar, me arrimo a un latón para la basura, sin fondo, para esta necesidad fisiológica. ¡Por fín! llega la bendita P-12, me suben, me sientan en un lugar sin ventanilla. Me lleva el viento y voy casi llorando bajo la lluvia, parodeo a Fred Astayre. Llego al parque de
Camino, me llevan por delante. Un joven al lado mío avanza con un enorme saco encima de los hombros. Cubano, al fin, me mira y me dice, casi con bochorno: ¨es que pienso, puro, que hay que defenderse¨. Camino y de pronto, me topo con la calle. El joven va a mi lado, se lanza y pisa firme. Yo me lanzo como Tarzán, en la selva, cuando veía a Juana agarrada a un bejuco. Me lanzo y siento que me hundo en la calle, una mano fuerte me toma en segundos por el abrigo y me detiene. Me dice: ¨soy policía, no tenga miedo¨, me siento confundido y me pregunto ¿qué tendrá que ver mi caída por aquel tragante destapado con la autoridad?. El me levanta, brazos solidarios.
Aparece una linternita recargable. Me ponen de pie o de canillas, mejor dicho, manos que me palpan, mis huesos en su lugar. Una enfermera intensivista, por el uniforme la reconozco, me trae el maletín que yacía en medio de la avenida. Me ponen las gafas. Se lamentan y yo no sé si lo que me baja por el rostro son lágrimas de agradecimiento o es la llovizna que me cae. ¡Y después, los orientales comentamos de los habaneros!. El policía toma su lugar y me pregunta para dónde voy, le digo: ¨Calle Zulueta, número 62 y agrega: ¨Vamos, que lo acompaño¨. ¿me llevará como Batman, por los aires, hasta el sexto piso del edificio?, Me da una mano y le digo unas gracias que me salen entre pecho y la espalda. Toco y toco la puerta y me abre una señora mulata, bajetona con una vela en la mano derecha. Es Nidia, la dueña del apartamento. Subo con ella las escaleras pues los ascensores todavía trabajan con electricidad cuando subes y bajas.
Me instalo en un apartamento calentito, con todas las ventanas trancadas. Agua caliente en el baño, comida preparada. Miro por una ventana y me hace guiños el tremendo oleaje del Malecón, pocos carros por la avenida. Ceno, me lavo los dientes y pienso ya arrebujado en la colcha sabiamente preparada. Entonces me doy cuenta que si el tragante no hubiera estado tupido por ramas, hojas, gajos y latas, quizás yo no estaría a estas horas en Palma Soriano de nuevo, mientras escribo esta crónica, a lo mejor mis gafas las tuviera puestas ahora un tiburón de
Después de todo tuve suerte, por lo menos algo de suerte para no aparecer al otro día en las estadísticas de Juan de los muertos.
Estampas Palmeras

