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Lunes 21 de Abril de 2014 03:56

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Relato de una mujer que hizo historia en Palma Soriano: Juana Camión

david Palma Soriano.- Juana se llamaba una mujer en Palma Soriano de cuerpo corulento, pero perdió los apellidos de ser tan trajinado el apodo que le absorbió vida y muerte, quedó solo como Juana Camión. El nuevo apellido se lo ganó ejerciendo la prostitución con la pirámide invertida, es decir, comenzó joven y bella en los mejores prostíbulos de Palma Soriano y terminó anciana y depauperada en un cuchitril de madera montado en vigas de maderos muy por encima del nivel de la calle de tierra y fango, ya fuere invierno o primavera.

Juana radicaba allí ejerciendo la prostitución, el único trabajo que había conocido en su vida, casi en la esquina de Calle 19 y 16, donde en esa época los camiones se atascaban hasta los ejes.

Juana era mestiza, blanca de piel pero con pelo pasa. De caderas amplísimas, estrecha de cintura y con muslos y piernas dignas de ser exhibidas en una feria.

Según los que la conocieron en vida, la parte trasera de su anatomía era fuera de serie y era buscada por todos los palmeros que eran asiduos visitantes de la no declarada Zona de Tolerancias, donde la Policía Municipal y la Nacional cobraban las gabelas y los chulos cuentapropias pululaban en el cuidado de sus pupilas. Todavía era joven, bonita y se ponía una flor roja a un lado del peinado y cobraba dos o tres pesos por un rato de placer, que depositaba en una vasija de cristal debajo de la Santa Bárbara situada entre la palangana de lavar a los visitantes y una toalla guindada de un clavo.

Fueron pasando los años y con ellos la tersura de la piel, el panecisco duro y cubierto de pelos negros fue tapado por una especie de solapa de carnes flácidas y rollos de grasa y el trasero descomunal cayó en picada. Ya nadie le daba trabajo y los pocos que se atrevían a pagar la cuota reducida a cincuenta centavos o kilos aceleraban el ritmo pelviano para irse lo más rápido posible. Fue así que Juana salió del circuito oficial y pasó a ejercer el oficio más viejo del Planeta en su cubículo de calle 19, un barrio marginal llamado Loma e Piedras donde el cuchillo ejercía a cada rato y rompía carnes y zajaba venas y cuando la policía llegaba parecía que habían sacrificado un puerco.

Allí se ganó Juana el apodo de "camión", por la enorme cantidad de clientes que se echaba encima. Puso un precio único, una peseta de 20 centavos y los usuarios pasaron de los adultos hacia los adolescentes. Los muchachones vendían botellas vacías, hacían mandados y por la noche acudían a la escalera que llevaba al placer por unos minutos, mientras contaban uno a uno los kilos ganados con el esfuerzo de todo el día. Juana los esperaba acostada desnuda en la cama y ellos se encaramaban sobre aquel mar de pellejos, pipicitos en ristre, para moverse unos minutos y quedar exánimes sobre la mujer que los despachaba rápido porque en la calle, la cola era larga. Las pesetas las depositaba en la misma alcancía de cuando era joven y bonita, situada ahora en el piso debajo de la cama.

Esa fue su historia recogida de los ripios mentales entre los más viejos en Palma Soriano que todavía no han ido a ocupar su plaza en el Cementerio de San Andrés. ¿Cuándo murió Juana ¿...nadie lo sabe, no aparece su nombre en el libro de Enterramientos, pero por supuesto debe estar allí con sus verdaderos apellidos, así que ni buscarla. La vivienda de Juana la desbarataron hace muchos pero muchos años y levantaron una de mampostería y hoy Calle l9 y 16 están asfaltadas y el ciego, negro de piel y fuerte como el ébano, antiguo estibador de Casas y Compañía, baja por la acera frente a donde residió Juana Camión mientras alerta a todos con el ruido del bastón que golpea sobre el cemento, para saber si el paso está libre. (Por: David González Groos)