Por: David González Gross.
Palma Soriano.- Un silencio ancestral lo rodea todo. Quizás provenga del Norte, el Sur, el Este o el Oeste, pero viene. Del techo de la habitación desciende humo.
La vela rosada arde sempiterna y no hay aire que mueva la llama. El silencio caracola por las paredes y toca con su mano helada la foto de su madre prendida al espejo de la cómoda. Los espíritus de la familia están en reposo, tranquilos, y recuerdan el cumpleaños, bodas, nacimientos de bebés, desfiles en la funeraria donde ellos mismos se vieron cadáveres con los rostros color cerado a pesar del maquillaje.
Afuera hay automóviles, cláxones y vendedores de cuantas baratijas caben en las alforjas árabes. Pero esos ruidos no opacan la soledad del silencio que vuelve a reagrupar sus fuerzas ante los ojos de la mujer que lo observa todo desde la foto y que ahora está más viva que nunca porque forma parte del silencio que llega del Norte, el Sur, el Este o el Oeste y, repito, baja desde el techo de la habitación y se restrega de las paredes hasta caer como llovizna granizo o nieve sobre el lecho.


