Historia de los Carnavales en Palma Soriano

Historia de los Carnavales en Palma Soriano

Palma Soriano. - Suenan los cueros por El Block Agrícola, es la Conga de Pachebá, que calienta con periódicos viejos los parches de sus tambores, el cencerro eleva la adrenalina entre los que observan un toque, detenido en segundos, todo el barrio baila entre el polvo en nubes que levantan los pies.

Así ocurre en otros barrios de Palma Soriano, la ciudad del Cauto y hacia allá, hacia el río, van a dar los toques tradicionales y las letras picantes de los coros criticando la situación social en la otrora seudorepública: ¡Que los alcalde no sirven pa ná…que los alcaldes no sirven paná…Palma soriano no tiene hopital… Así comenzaban, semanas antes los ensayos de las congas y los paseos. Luego de ensayar un largo rato, ya entrada la noche, salían por toda la ciudad a enardecer y avisar a los palmeros que pronto estaría la cerveza a mares, los puercos asados, los chilindrones y cuanta maravilla de la fritanga local se vendía en cualquier esquina mientras las mejores orquestas de Cuba tocaban los números de moda que reventaban los oídos por la radio, llamada en los cincuenta como Valpín o Radio Palma, hoy Radio Baraguá.

No hay datos exactos sobre la fecha en que comenzaron las primeras fiestas de carnaval en la Villa del Cauto. Demás está decir que en Palma Soriano jamás ha existido un archivo municipal, pero recurriendo a los cronistas se ha sabido que ya en los años 20 se efectuaba una especia de carnaval con kioscos rústicos a base de paredes de yagua, techo de pencas de palma real y por piso, el asfalto de las calles o la tierra natural.

No hay detalles de cuales eran las vías citadinas donde se instalaba el comercio de bebidas y comidas, pero si en toda la villa había ambiente por unos cuantos días de fiesta popular. Se amarraban por este municipio pencas de guano real en todos los postes y se ponían carteles alegóricos en paredes y comercios. En esa época, la burguesía o personas de bien, como las llamaban los cronistas, carnavaleaban en las fiestas privadas de las sociedades de recreo, como el aristocrático Unión Club, solo para la burguesía, aunque habían socios arrancados como la manga de un chaleco, que a duras penas podían pagar las cuotas mensuales, pero preferían ese lujo a comer opíparamente día a día.

El pueblo, que me imagino serían catalogados como gente de mal, pueblo llano, gozaba de lo lindo con el maravilloso cielo palmero, las estrellas, las cervezas pululas y baratísimas y cada cual se divertía a su manera, arrollaba y bailaba lo mismo con las congas que con el Conjunto de Don Sinesio Navas o el Grupo “Tojunto” y otros de la localidad, más los grupitos aficionados raspaollas del Central Palma, Las Cuchillas y otros barrios cercanos a la urbe municipal.

Ya en 1926 más o menos, se hicieron los primeros desfiles por la calle José Martí que todos llamaban como Calle Real, desfiles que eran disfrutados desde las aceras y los amplios corredores en las viviendas de las rancias familias, que estrenaban sus enormes capitales obtenidos por sus abuelos y padres alzados en cargos de oficina durante la Guerra Grande o del 95. Salían a relucir los primeros Ford Tres Patás, los Pakards enormes, y algunas marcas alemanas, a los cuales al bajárseles la capota de lona se convertían en convertibles, donde se exhibían las bellas muchachas lanzando serpentinas y flores a los varones de pantalones tubitos, camisas blancas y sombreros tejidos que suspiraban a tutiplén.

Una de las costumbres carnavaleras, en Palma Soriano, era que las damitas que desfilaban en los carros alquilados de sus padres le hacían un agujerito a los huevos luego de lavarlos y sacaban las yemas y claras. Luego, los ponían a secar al sol y más tarde los rellenaban con talcos perfumados y en colores. Esos huevos de carnaval se los lanzaban a los jóvenes en el desfile como una especie de broma, bastante pesada opinamos nosotros. Pero el verdadero desarrollo de los carnavales en la Villa del Cauto comenzó a partir de los 40, cuando las diferentes casas comerciales llegaron a la conclusión,-ya había comenzado la entrada de las costumbres norteamericanas en la moda, la cultura y en el comercio minorista-, que en el carnaval se vendía cuatro veces lo que en días normales.

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A la vez se desarrollaba el fenómeno del “padrinismo”, donde la antigua Ferretería Pons y otros de los muchos negocios en la ciudad, apadrinaban diferentes comparsas para que adquirieran sus vestuarios y adornos y además alimentos ligeros durante los ensayos y desfiles. Surgió así la emulación de las mejores comparsas y paseos, los cuales eran premiados con el dinero de un fondo creado por la Alcaldía, que se ocupaba a su vez de preparar la calle Maceo, en la cuadra que ocupaba el parque José Martí, y se aprovechaban los bancos fijos del lugar para los que, no se encaramaban en las gradas metálicas y de madera que iban en la acera derecha subiendo desde el Banco Nuñez, luego Banco Nacional de Cuba y hoy BANDEC (Banco de Crédito y Comercio) y hasta el Cine Teatro Principal, más tarde Lupita, en la actualidad el Cine Teatro Liberación. Ya a finales de los años 40 del pasado Siglo comienza otra etapa en el Carnaval Palmero; terminada la II Guerra Mundial, se incorporan a las congas los paseos de los ciudadanos españoles, los “gallegos”, como les decía la población del Cauto. Uno de los principales proveedores de dinero, para adquirir los trajes de las diferentes aldeas gallegas, ya que de esa nacionalidad eran la mayoría de los inmigrantes españoles a Palma, y cada cual aportaba alguna que otra pandereta, mantillas para las damas, gaitas y pífanos del folclor hispano.

Uno de los principales “gaitos” como también se les llama a los gallegos en Palma Soriano, era el rico comerciante e industrial, millonario por cierto según la imaginería palmera, el natural de Reboiro en O Incio, Galicia, Don Baldomero Casas Fernández, dueño de un enorme almacén de víveres y de dos centrales azucareros, el Baltoni y el Borgita, en la zona agraria cañera de San Luis y Dos Caminos.

Recuerda él de sus años infantiles, como el desfile de “los gaitos” venía de la zona de la Cuba unas veces, y de por la calle Rosario, hoy Paquito Borrero, para subir a la calle Antonio Maceo por la Calle Masó, doblar en Agramonte a la izquierda y ascender por Estrada Palma, hoy 26 de Julio hasta la zona de la tribuna y el Jurado del Carnaval. Las congas, ya dijimos tenían sus propios paseos y cada una de ellas traía en esa manifestación danzaría cantada, un tema que los identificaba, por ejemplo temas locales como la zafra azucarera y la cafetalera, y en algunas ocasiones propagandas de las casa comerciales y sociedades que las ayudaba a costear en letreros a colores como por ejemplo este que recordamos:“LA CASA ARIAS, MARTI Y CESPEDES…CALZONCILLOS VITI, LOS MEJORES”, o este otro: “LA SORIANA, REFRESCOS, LOS MAS RICOS DEL MERCADO…REFRESCO DE NARANJA LA SORIANA…CON LA PULPA NATURAL”.

No recuerdo, sinceramente, si otras nacionalidades de inmigrantes hacían paseos, pero por lo menos no existe dato alguno documental sobre el tema. Las sociedades de “recreo” como ellas mismas se auto llamaban, el Unión Club, de la aristocracia blanca, la Colonia Española en Martí esquina a José Antonio Saco, el Club Aponte, para mulatos profesionales y personas de color con oficios, o sea la clase media mulata, hacían sus propias fiestas un día mientras duraba el carnaval, pero solo para socios.

Se levantaban cientos de pequeños kioscos en la Avenida General Machado, hoy Avenida de la Libertad, en la calle 20 de Mayo de Maceo hasta la citada Avenida, en la calle Rosario, de la Iglesia Bautista hacia abajo hasta empatar con la Avenida. Estos pequeños mini restaurantes eran particulares y los platos se repetían: tostones de plátano, chilindrón de chivo, puerco asado, ensaladas de estación, fricasé de gallina, bistec de res o de puerco, fricasé del mismo mamífero, macho asado con casabe o pan con yagüita y cervezas Polar, Hatuey y Cristal y ron Bacardí y de otras marcas más asequibles al bolsillo de los menos favorecidos por la fortuna.

Miles eran por toda la ciudad los vendedores callejeros de bisuterías baratas, ahora se les llama gangarrias que las portaban en unos carritos con ruedas de cajas de bola y varias piezas de madera hasta uno o dos metros de alto donde iban guindados espejuelos, aretes, piticos para soplar, corneticas de cartón, serpentinas y toda es parafernalia de artículos baratos para las fiestas populares. Se vendían tostones, mariquitas de plátano, rositas de maíz, maní tostado y toda una gama de fritangas.

Lo cierto es que carnavaleaba desde el más pobre hasta el más rico, cada uno en su estamento y de acuerdo al bolsillo y en realidad, durante los días de carnaval, en ocasiones hasta15 días en los años 40 y 50 del pasado siglo XX, la democracia social se hacía valedera porque los ricos y los burgueses medios se mezclaban con el pueblo llano y el jolgorio elevaba los corazones. La Guardia Rural cuidaba el orden desde sus caballones ocho cuartas y la Policía Nacional, desde sus jeeps Willis y perseguidoras Ford norteamericanas, con las mangas de los uniformes subidas hasta más arriba de los codos y prestos a usar los “toletes” de madera dura y pesada que aplacaban en segundos a los alborotadores.

Hay un detalle que no se nos puede olvidar, el de los comparseros o “figurantes” que bailaban en los paseos. Ellos mismos se fabricaban sus trajes y capas de acuerdo al tema central del espectáculo. Los pantalones eran anchos, las camisas de manga larga y de todos los colorines habidos y por haber. Las capas, enormes y amarradas al cuello, estaban llenas de espejitos, muñequitas plásticas, lentejuelas y cuantas cosas dieran lucidez.

Los comparseros inventaron el padrinazgo de carnaval, ellos mismos buscaban un padrino, por supuesto, rico o de mediana capacidad monetaria, quizás dueño de un negocio o profesional de la medicina o la abogacía o dueño de una bodega. Unos días antes, una semana o dos antes de comenzar la fiesta visitaban a sus padrinos y le pedían dinero para confeccionarse las capas y el resto de la ropa y si el padrino era dueño de un negocio y daba bastante pues el figurante se convertía en un hombre anuncio comercial y pegado al tejido de la capa ponía la propaganda apadrinada.

Los reinados del Carnaval Palmero comenzaron a lucirse ya a principios de los años 40, durante los 50 y 60. Las casas comerciales más importantes lanzaban a sus posibles reinas y damas y por ejemplo, cuando era presidente de la Colonia China el señor Julio Hip, comerciante con negocio en Martí esquina a Masó, lanzó una candidatura pero como no hemos podido verificar el nombre de la aspirante preferimos omitir nombres.

La Colonia China imprimió miles de papeletas en Santiago de Cuba para que las propuestas en su candidatura las vendieran a sus amistades y admiradores. Así hacían las demás aspirantes de otras candidaturas. Al final, una comisión o Jurado, luego de deliberar, tanto la belleza corporal de las agraciadas, su nivel cultural y la cantidad de votos o papeletas vendidas, sacaba a la Reina y a sus Luceros. No existe prueba documental de las diferentes reinas en la época de los 40 y 50, pero si testimonios orales sobre la Reina llamada Yolanda Estiú, que por su gracia juvenil y carisma entre los palmeros, es la única que ha quedado en la imagineria mental de nuestros habitantes. Muchas eran las palmeras bellas que tomaban parte de la convocatoria . Al triunfo de la Revolución, el carnaval fue acogido por las organizaciones de masas y las instituciones estatales de la cultura y la educación, teniendo mayor relieve en los diferentes sindicatos. El Estado en su carácter de municipio mantuvo durante muchos años las tradiciones, pero poco a poco fue decayendo el carnaval palmero. Se creaba todos los años una Comisión del carnaval donde los delegados de los diferentes organismos del Estado y organizaciones populares como los CDR y la FMC, más la Unión de Jóvenes Comunistas y la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media buscaban muchachas agraciadas entre su membresía y proponían las candidaturas, también aportaban beldades la Defensa Civil y el Ministerio del Interior. No había ventas de papeletas y el escrutinio final se hacía en el Estadio José Martí ante medio pueblo, que con sus aplausos o chiflidos dijeran la última palabra.

De los años 60 y creo, que de los primeros años de los 70 solo han quedado para el recuerdo de mucha gente las postulaciones de reinas como Mayra Carmona Velázquez que residía en Martí Baja frente a la fábrica de zapatos Efrahím Medina (agregado: fue la estrella del Carnaval XX aniversario del Moncada, en la ciudad de Santiago de Cuba, en 1973), una muchacha muy bella de la familia Cuevas, otra del Central Dos Ríos, simpática y agraciada llamada Dania Manchón y otra del Reparto Quintana en la ciudad, una rubia blonda y elegante que se llamaba Elena Cosme.

El carnaval, en Palma Soriano, continuó su declinación en los años 80 con esporádicos despertares de acuerdo a quien dirigiera los destinos del gobierno local. El llamado Período Especial acabo de darle el garrotazo final. En resumen se quedaron como fiesta carnavalesca tres jornadas: un domingo, carnaval infantil, otro domingo, carnaval acuático en el Deportivo Cauto y en la tercera semana: viernes de pre carnaval, sábado y domingo de fiesta total, en algunos momentos con déficit de cerveza. Apareció a pupilo el pescado como plato fijo en todos los kioscos.

Quedaban en la historia los famosos expendios o áreas del Minaz Dos Ríos, con su fuente de ron criollo, el kiosco enorme del Matadero o Consolidado de la carne, con sus bisteces de res con tostones y congrí, y todos aquellos lugares donde la cerveza se expendía a mares y aprecios módicos. Los reinados quedaron para la historia.

Hoy por hoy el Carnaval Palmero ha sumado algunos aciertos pero todavía no despega a un nivel aunque sea mínimo. Las orquestas nacionales por sus altos costos, debido al sistema de oferta y demanda, casi no pueden ser contratadas y entonces hay que conveniar orquestas y conjuntos provinciales y rellenar con los locales, pero lo que más se usa en las diferentes áreas es la música grabada restando la participación, en vivo, de las agrupaciones musicales la magia del carnaval y su vinculación músico y población.

Ya nuestros carnavales se han convertido en una especie de verbena popular, con cuatro días de fiesta, ora con bastante cerveza o poca. Con la llegada, nuevamente, de los particulares o cuentapropia la situación de los alimentos ha mejorado ostensiblemente, sobre todo en la variedad. En realidad un carnaval sin reinado, lo mismo en Cuba que en las antípodas, sin ese desfile de bellezas locales, muchachas que día a día las vemos por toda la ciudad, pero a lo mejor no nos llaman la atención, verlas así, engalanadas con bellos trajes, nos parece como que las estrellas del firmamento han bajado hacia el Cauto, aunque sea por unos días.