Declaración
del carácter socialista de la Revolución Cubana
16 de abril de 1961.
Era domingo y un aura de tristeza y a la vez de efervescencia revolucionaria
se percibía en toda Cuba. Sólo habían
pasado 24 horas desde que seis aviones B-26 procedentes de Nicaragua
habían atacado de manera simultánea los aeropuertos
de Santiago de Cuba, San Antonio de los Baños, el de la Fuerza
Aérea Rebelde y la pista de Ciudad Libertad, en la capital.
Siete cubanos ofrendaron sus vidas durante la traicionera acción
contrarrevolucionaria.
Acribillados por el fuego antiaéreo las naves enemigas fueron
obligadas a retirarse. En sus maltrechos fuselajes aún lucían
la bandera que las identificaba como cubanas, para tratar de penetrar
en el territorio nacional libremente. Tras informar al pueblo de
los sucesos, el líder de la Revolución, Fidel Castro,
visitó los lugares atacados, dictó órdenes,
escribió comunicados. Además de los fallecidos, había
decenas de heridos y viviendas destruidas como saldo de la cobarde
acción organizada y financiada por Estados Unidos. Aquel
domingo, un día después del ataque, la población
de La Habana, en nombre del pueblo cubano, acompañaba hasta
la sepultura a las victimas fatales.
Conmovidos, los habaneros despedían en la Necrópolis
de Colón a sus hermanos, entre ellos el joven artillero Eduardo
García, quien, en un conmovedor gesto, casi muerto, escribió
con la sangre que se le escapaba, en una pared próxima al
suelo donde estaba tendido, el nombre de Fidel.
En aquellos momentos de dolor pero también de reafirmación,
ya era sabido por la población que un ataque militar contrarrevolucionario
era inminente.
El cortejo fúnebre partió del salón del Rectorado
de la Universidad de La Habana donde estaban tendidas las victimas,
cubiertos por la bandera cubana. Fue el velatorio una noche larga,
en la que millares de mujeres y hombres subieron la escalinata universitaria,
símbolo de la rebeldía de la juventud cubana, para
rendir homenaje a los caídos. Un enorme letrero con la palabra
“Venceremos” en lo alto del edificio principal indicaba
el espíritu que animaba a los cubanos de combatir y derrotar
cualquier intentona del enemigo para destruir la Revolución.
El sol estaba alto siguiendo a un río humano que se extendía
desde las afueras de la Universidad de La Habana, seguía
por la céntrica calle 23, y se integraba en un cuerpo único,
compacto, durante tres horas de caminata, hasta una improvisada
tribuna en la entrada del Campo Santo, desde donde el Comandante
en Jefe Fidel, quien encabezó el silencioso cortejo, hizo
la despedida de duelo. Milicianos, soldados, mujeres y hombres,
con los fusiles en alto, escuchaban en fervoroso silencio, sólo
roto por vivas a Cuba, a la Revolución, al hombre que cambió
el curso de la historia de Cuba para siempre.
Todos, en cada uno de los pueblos de esta pequeña ínsula
esperaban las órdenes de su Comandante. Eran momentos de
gran tensión. Estados Unidos había roto sus relaciones
diplomáticas con el Gobierno Revolucionario. Sus planes de
impedir el triunfo de la Revolución el 1 de enero de 1959
fracasaron, pero continuaba la administración de Dwigth Eisenhower
apretando sus tuercas para ahogar la economía de la pequeña
isla, mientras el proceso cubano se radicalizaba. Importantes leyes
revolucionarias, entre ellas la de la Reforma Agraria, fueron dictadas,
y el pueblo cubano seguía a su líder en todas sus
decisiones, seguro de que por primera vez había un gobierno
con vergüenza desde 1902, cuando se instaló la seudorrepública
colonizada por Washington. Millares de jóvenes y adolescentes
alfabetizaban en aquellos momentos hasta en los lugares más
intrincados de la nación. Enseñaban a leer y a escribir
a más de un millón de personas de los sectores más
humildes de la población. Radios, televisores, altoparlantes
situados en las calles duplicaban, triplicaban la enardecida voz
de Fidel, entonces un joven de 35 años, con el ímpetu
de la verdad guiando sus palabras en la histórica esquina
de las calles 23 y 12, en las proximidades del Cementerio.
Tras desenmascarar las mentiras del gobierno de John F. Kennedy
que trató de desinformar a la opinión pública
mundial sobre el ataque mercenario del día anterior, culpando
de los hechos a supuestos desertores de la Fuerza Aérea Rebelde,
Fidel denunció a la Casa Blanca: "¿Es posible
estafar al mundo de esa manera?, preguntó. Yo emplazo al
presidente de los Estados Unidos, si tiene un átomo de pudor,
a que presente ante las Naciones Unidas los pilotos que dice salieron
del territorio nacional. Si no lo hace, quedará ante toda
la humanidad como un mentiroso."
En otra parte de su discurso, interrumpido por vítores y
ovaciones, el líder revolucionario indicó las razones
verdaderas que guiaban el afán de Estados Unidos para destruir
el proceso revolucionario.
"Lo que no pueden perdonarnos los imperialistas, dijo, es
que estemos aquí; lo que no pueden perdonarnos los imperialistas
es la dignidad, la entereza, el valor, la firmeza ideológica,
el espíritu de sacrificio y el espíritu revolucionario
del pueblo de Cuba. Eso es lo que no pueden perdonarnos: que hayamos
hecho una Revolución socialista en las propias narices de
los Estados Unidos…" "Y que esa Revolución
socialista ¡la defenderemos con esos fusiles que tienen ustedes!
¡La defenderemos con el valor con que ayer nuestros artilleros
antiaéreos acribillaron a balazos a los aviones agresores!"
.
Mientras
la multitud levantaba en alto los fusiles con los que horas después
repelarían el ataque militar contrarrevolucionario que desembarcó
por Playa Girón,
Fidel definió ante sus compatriotas el futuro de la Revolución
y su carácter social y humanista: "Y que esa Revolución
socialista, afirmó, ¡la defenderemos con esos fusiles
que tienen ustedes! ¡La defenderemos con el valor con que
ayer nuestros artilleros antiaéreos acribillaron a balazos
a los aviones agresores!".
El jefe de la Revolución invitó al pueblo a jurar
un compromiso de honor con la Patria, el de defender "hasta
la última gota de sangre" a la Revolución "de
los humildes, por los humildes y para los humildes":
"Aquí, frente a la tumba de los compañeros caídos;
junto a los restos de los jóvenes heroicos, hijos de obreros
y de humildes, precisó, reafirmemos nuestra decisión
de que, al igual que ellos pusieron su pecho a las balas y dieron
su vida, vengan cuando vengan los mercenarios, todos nosotros, orgullosos
de nuestra Revolución; orgullosos de defender esta Revolución
de los humildes, con los humildes y para los humildes, no vacilaremos
en defenderla hasta la última gota de nuestra sangre…".
Aquel pueblo enardecido, con el ardor que da a los corazones las
causas justas, cantó junto a su líder el Himno Nacional.
Después, Fidel declaraba a Cuba “en estado de alerta”
y ordenó a los milicianos a incorporarse a sus batallones
"ante la inminencia que se deduce de lo ocurrido últimamente":
"Dispongámonos -fueron las últimas palabras de
Fidel a salirle al frente al enemigo, con las estrofas del Himno
Nacional, con el grito de “¡Al combate!”,
con la convicción de que “morir por la patria es vivir”
y de que vivir en cadenas “es vivir en oprobio y afrenta sumidos”...
"Marchemos hacia nuestros respectivos batallones y allí
esperen órdenes, compañeros…"
Concluía así, con cada mujer y cada hombre dirigiéndose
a sus puestos de combate, una gloriosa jornada, preámbulo
de una de las más heroicas batallas libradas por el pueblo
cubano en toda su historia. Pronto empezaría un nuevo episodio
en el heroico bregar del pueblo cubano, más unido que nunca,
por defender y mantener sus conquistas.
(Tomado de Radio metropolitana)
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